jueves, 16 de abril de 2015

Evaluación ¿proceso dinámico o inerte?...he allí el dilema. Por @minervabueno


La forma tradicional de evaluación de los aprendizajes se relaciona con el papel de verificar los logros por parte del aprendiz, básicamente en función de otorgar una calificación. En la mayoría de los casos, se práctica como un mal necesario para dar cumplimiento a lo establecido en la normativa legal, visto como una “rendición de cuentas”, que mide la retención de información. La mayoría de los estudiantes ven a las evaluaciones como los enemigos o moustros del alma mater, y es considerada como una actividad académica amenazante, que separa los aprendizajes de la evaluación. De esta manera se constituye un elemento de dominación docente para la intimidación y opresión del estudiante, trayendo como consecuencia la sumisión y sometimiento estudiantil.
            Para mí la evaluación, en líneas generales, va mucho más allá de emitir un juicio valorativo y constituye un proceso continuo que se desarrolla a lo largo del proceso educativo, tomando distancia de una acción terminada que corresponde a los resultados obtenidos por los estudiantes. Sus alcances van desde indicar los avances de los estudiantes con respecto a la adquisición del conocimiento hasta las dificultades experimentadas y las actitudes manifestadas durante el proceso de aprendizaje.
En correspondencia con lo antes mencionado, y en virtud de que la formación que demandan los educandos actuales se relaciona con sus propios ritmos y metodologías más afines, me resulta impensable que el modelo evaluativo se mantenga como un coto cerrado demarcado exclusivamente por el profesor, sin la participación de los estudiantes. Esta circunstancia refuerza el carácter protagónico del docente y el rol de sujeto pasivo por parte del aprendiz.  Esto implica que, necesariamente, la evaluación requiere estar adaptada a las dinámicas educativas y, por lo tanto, a su vez, a las propuestas modernas de evaluación. En tal sentido, resulta fundamental considerar la cuarta generación de evaluación, básicamente de índole constructivista, que emerge ante la crisis de las tres generaciones anteriores, y que se sustenta en el proceso interactivo de negociación, donde participan los actores directos involucrados en la estructuración e implementación del plan evaluativo.
Asimismo, la evaluación, a la luz de la cuarta generación, se gesta y ejecuta como un proceso implícito en la construcción del conocimiento sustentado en la motivación de aprender, en la acción y la reflexión. La propuesta evaluativa, bajo este enfoque, se debe configurar como una serie de oportunidades para que el estudiante medite, cuestione, reelabore el conocimiento y lo manifieste de múltiples formas, en virtud de que los actores del proceso edifiquen y convaliden los aprendizajes, lo cual permitirá perfilar las competencias personales y profesionales de los educandos, además de la conformación de un individuo integral.

Entonces, la evaluación debe ser una experiencia compartida entre los estudiantes y docentes. Es importante establecer los mecanismos y tiempos de evaluación de forma consensuada. Asimismo, se debe gestar de forma continua y participativa. De todo ello, se deduce que lo ideal es lo que resulta de combinar la heteroevaluación, autoevaluación y coevaluación. Estos representan momentos de reflexión de los aprendizajes de forma individual, en el caso de la autoevaluación, y con otros (pares y docente) en los restantes mencionados.
Por otro lado, cabe destacar que en el desempeño de los educandos inciden distintos factores, tales como: la motivación, las condiciones y los medios disponibles, los tiempos con los que se cuenta y los contextos donde se interactúa. Estos factores requieren ser considerados en el proceso evaluativo, dado que estaríamos desligando de la realidad las acciones de los educandos.
En consecuencia, la evaluación conforma una vía para reflexionar sobre las experiencias vividas, inferir conclusiones, analizar y perfeccionar la metodología empleada para la autogestión de su aprendizaje, además de la reafirmación de los conocimientos adquiridos.
De todo lo antes señalado, y de acuerdo a lo que esbozan los modelos que dan fundamento a la cuarta generación de la evaluación (evaluación iluminativa, respondiente, democrática y negociada), se observa el mejor soporte que, por naturaleza, debería tener la evaluación.  

Para finalizar, con respecto a que si los socios de aprendizaje son parte de una corriente teórica o ecléctica en el proceso evaluativo cabe acotar que si ambos participantes son sujetos pensantes en este proceso, seres reflexivos, críticos, creativos, sociales, expresivos, emotivos, participativos, únicos, que comparten y además tienen la capacidad de construir sus propios significados, entonces se constituyen en actores cognoscitivos polifacéticos que pueden dar vida a corrientes teóricas pero de forma ecléctica.

Referencia Bibliográfica:

Salazar, I (2010) El desafio de la evaluación de los aprendizajes desde su complejidad.  Fundación Editorial el perro y la rana. Caracas.